27 de Octubre de 2004 Ronald Evans Márquez // Un
impuesto ineficiente
ACTUALMENTE
está en el tapete la discusión sobre el perfil que
debe tener nuestro sistema tributario. La Constitución
de 1999 establece que el sistema tributario debe
estar basado en un sistema eficiente de recaudación.
Además, debe ser progresivo y equitativo. Esto significa
que deben privilegiarse los impuestos que sean productivos,
es decir, cuyos costos de administración no excedan
de lo que producen.
Uno
de los casos evidentes de ineficiencia y bajo rendimiento
es el impuesto a las sucesiones y donaciones. Desde
su implantación en los años 50, este impuesto se
ha caracterizado por un muy bajo rendimiento. No
obstante, para su administración requiere de un
personal técnico y de importantes recursos. Esto
ha llevado a que muchos países no lo hayan implementado
y otros lo cuestionen e, incluso, lo deroguen (como
en el caso de USA). En España se ha señalado que
su bajo rendimiento hace descartar la supuesta función
"redistribuidora" del impuesto, pues se ha dicho
que el impuesto tiene como uno de sus fundamentos
el "corregir" el hecho injusto de que una persona
acceda a una riqueza sin haber hecho ningún esfuerzo
para obtenerla.
Esta
teoría se complementa con la de la capacidad de
pago, para concluir que, en rigor, este impuesto
no lo paga nadie: obviamente no lo paga el muerto,
ni tampoco lo pagan los herederos del patrimonio
obtenido con su propio esfuerzo. Se critica en este
impuesto el abuso en el uso de presunciones y ficciones,
la indeterminación de conceptos como "el valor real",
lo que genera inseguridad jurídica, y la complicación
de su determinación, entre otros factores. Es por
ello que sugerimos la eliminación de este tributo
de nuestro sistema fiscal.
Socio
Local de Baker & McKenzie.
Presidente del Comité de Impuestos de VenAmCham